Mi hijo adolescente me odia

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Hay hogares en los que el odio se cuela en la casa. Un odio que acampa en en el hogar como si de una invasión militar se tratase. Se asienta en tu hogar, sin licencia, sin permiso, sin que tú te lo hayas buscado.

Esa invasión suele aparecer cuando tus hijos se hacen mayores y tienes que protegerlos de ellos mismos: de sus malas decisiones, de sus torpes acciones, de sus inviables objetivos. Protegerlos de errores que les dejarían grandes cicatrices

Esa personita, que has visto crecer, que has observado dormir plácidamente en el hogar que has construido para ella, de repente reniega de ti, siente un profundo odio hacia tu persona y quiere abandonar la casa de piedra en la que tú le ofrecías protección. 

Tu hijo adolescente en vez de ver esas piedras como los muros que la cuidan, sólo las odia como se odia a los muros de una prisión.

Pronto te das cuenta de que no sólo descarga su ira sobre las cuatro paredes de tu hogar. También rechaza tus abrazos, tus consejos y, sobre todo, rechaza tus mayores muestras de amor: tus prohibiciones. Y entonces comprendes cuán ligados están el odio y la paternidad.

Sabes que debes prohibir un campamento con amigos que se drogan, sabes que no puedes permitir que asistan a carreras de coches donde podrían manejar bajo el efecto del alcohol, no puedes dar tu beneplácito a la asistencia a una fiesta donde asisten bandas delictivas, pues a pesar del odio que despertará, debes prohibirlo. Sabes que tu hijo adolescente estará ahí indefenso.

Pero sólo un padre o una madre pueden abrazar el odio que les profesa su hijo como un alto precio para mantenerle a salvo. No los amamos para que nos hagan compañía, ni para que nos den un abrazo reconfortante, ni para que nos agradezcan nuestros desvelos. Les amamos, y por eso queremos su bien, aunque el efecto secundario del tratamiento para conseguirlo sea recibir su odio. 

No es fácil. Duele, duele mucho. Que nadie piense que es fácil, que nadie piense que este odio de tu pequeño no te destroza por dentro. Pero el amor, cuando es Amor con mayúscula, da un paso al frente y dice, desde el fondo de ese corazón roto: dispárame, que aquí seguiré rompiéndome yo para protegerte.

Todo esto que, en algún momento, ocurre en muchas familias, sean del tipo que sean, se da con mucha más virulencia en familias que saben que el bien, la mejor versión de la vida de sus hijos, va de la mano de Dios. Sobre todo, porque estamos en una sociedad que le da la mano, engañada, al mismísimo diablo. 

Así, tu hijo encontrará amistades que le consolarán por las «idas incomprensibles» de sus padres, incluso encontrarán familias enteras que pretenderán sustituirte, llegando a patrocinarles una vida de pecado.

Encontrarán amistades que les recordarán que finalmente no fuiste un buen ejemplo para ellos en el pasado, resaltarán tus errores como padre e incluso como cónyuge, les darán todos los argumentos para resaltar que no eres una autoridad moral para tus hijos. 

Si la tormenta es de las difíciles, puede parecer una batalla perdida, porque si la causa del odio de tus hijos son los errores terribles que cometiste en el pasado, enfrenta la batalla con humildad, con arrepentimiento y busca primero el perdón de Dios e inmediatamente después el de tus hijos, pero con sinceridad. Enfrenta la batalla, por más difícil que sea, de la mano de Dios.

Herramientas infalibles

Recuerda que, en esta batalla, poseemos dos herramientas infalibles que tu hijo, aunque no lo quiera reconocer, siente en su interior: amor y cariño. Ese amor, ese cariño que algún día echarán de menos.

Acude a la oración, ora para que el dolor no lo invada todo. El momento diario de oración te hará capaz de tender puentes sin ceder en lo importante. Si estás en esta tesitura, tendrás que orar más que nunca.

Ofrece a Dios tu dolor por tu familia, pero no dejes de ofrecer una parte de ese dolor para hacer más suave algún latigazo, algún insulto, algún momento de alteración de los ánimos .

Espera con paciencia. La gracia tiene sus tiempos. Y recuerda que, por muy mal que veamos las cosas, la batalla está ganada: sólo tenemos que perseverar.

Confía en Dios. Piensa que, si nosotros los queremos hasta pagar el precio de su odio, ¡qué no hará Dios!

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