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Apagar el celular: una tarea de familia

El programa federal “Apaga tu celular, enciende tu imaginación” propone recuperar la atención, el juego y la convivencia en las escuelas. Su propósito también nos compromete a los padres: nuestros hábitos enseñan a los hijos qué lugar ocupa la pantalla y cuánto vale estar juntos.

Una familia se reúne a comer. El hijo comienza a contar algo que le ocurrió en la escuela, pero una notificación desvía la mirada de su mamá o de su papá. “Te estoy escuchando”, responde el adulto mientras revisa el teléfono. Tal vez consigue seguir parte de la conversación. Sin embargo, el hijo recibe otro mensaje: lo que aparece en la pantalla puede interrumpir lo que él tiene que decir.

La escena puede parecer pequeña, pero si se repite durante las comidas, en la sala o en los momentos de descanso, va enseñando a los hijos una manera de relacionarnos. Los hijos reconocen la importancia del celular porque observan cuánta atención le dedicamos. El valor de la convivencia resulta más difícil de comprender cuando pocas veces la disfrutan sin interrupciones.

En este contexto, el programa federal «Apaga tu celular, enciende tu imaginación», impulsado por el Gobierno de México a través de la Secretaría de Educación Pública, merece el respaldo de las familias. Su propuesta de limitar el uso del teléfono y promover la lectura, el juego y el encuentro atiende una necesidad educativa que también se vive dentro de nuestros hogares. 

Lo que merece recuperar la escuela

Aprender requiere tiempo y atención. Escuchar una explicación, comprender una lectura o intentar resolver un problema exige permanecer en una actividad, incluso cuando presenta dificultades. Tener al alcance mensajes, videos y entretenimiento introduce una competencia constante por esa atención.

Establecer momentos sin celular ayuda a crear condiciones para concentrarse. Además, permite proteger experiencias que forman parte del crecimiento: conversar con un compañero, inventar un juego, participar en una actividad o descubrir el interés de un libro.

El recreo también tiene un valor educativo. En él se aprende a acercarse a otros, acordar reglas, esperar turno, afrontar desacuerdos e incluir a quien se ha quedado solo. Cuando la pantalla absorbe ese tiempo, puede desplazar oportunidades de aprender a convivir.

Por eso tiene sentido acompañar la restricción con propuestas atractivas. Apagar el teléfono deja tiempo disponible; leer, jugar, crear y participar permiten aprovecharlo. La imaginación necesita oportunidades para ponerse en movimiento.

El ejemplo familiar condiciona el aprendizaje

La actitud de los padres frente al celular es un condicionante del proceso educativo. En casa se forman hábitos y expectativas que los hijos llevan consigo a la escuela y a sus relaciones.

Si los adultos pasamos buena parte de la comida mirando la pantalla, será difícil convencerlos de que ese momento sirve para encontrarnos. Si pedimos que dejen el teléfono mientras nosotros seguimos utilizándolo, la regla pierde credibilidad. El ejemplo cotidiano pesa en la manera en que comprenden nuestras palabras.

Aunque en la escuela el celular esté restringido, muchos adolescentes pueden salir de clases deseosos de recuperar mensajes, videos y conversaciones pendientes. Esa posibilidad aumenta cuando la vida familiar sigue organizada alrededor de las pantallas y ofrece pocos momentos de atención compartida.

Los padres no determinamos por completo su conducta: también influyen los amigos, la necesidad de pertenecer y el atractivo de los contenidos. Pero sí tenemos responsabilidad sobre el ambiente del hogar. Podemos hacer que la convivencia tenga un lugar reconocible y agradable en la vida diaria.

Acompañar también significa estar disponibles

Conviene revisar para qué entregamos el celular. A veces facilita una comunicación necesaria; otras, lo ofrecemos para que un niño se entretenga mientras terminamos una tarea. Las familias enfrentamos jornadas exigentes y necesitamos resolver muchas cosas. La reflexión comienza cuando ese recurso se vuelve la respuesta habitual a cualquier espera, aburrimiento o petición de atención.

Podemos empezar con acuerdos sencillos que también cumplamos los adultos: guardar los teléfonos durante la comida, escuchar una conversación sin revisar notificaciones y reservar algún momento para caminar, cocinar, leer o jugar juntos. Si debemos atender algo urgente, explicarlo y volver después a la conversación también enseña a ordenar prioridades.

Con los adolescentes conviene hablar del sentido de estos acuerdos y escuchar sus necesidades. Entender lo que encuentran en el teléfono ayuda a acompañarlos mejor. La meta educativa es que aprendan a decidir cuándo usarlo y cuándo dejarlo para atender otras dimensiones de su vida.

El programa federal abre una oportunidad valiosa para revisar nuestros hábitos. La escuela puede proteger horas de atención y encuentro; las familias podemos dar continuidad a ese propósito con nuestra presencia. Cuando dejamos el celular para escuchar a un hijo, le ofrecemos una experiencia concreta del valor de convivir: lo que tiene que contarnos merece nuestro tiempo.

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