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Adolescentes bajo la presión de decidir qué hacer con su vida

Elegir una carrera, descubrir una vocación, destacar y tener un plan: las expectativas sobre el futuro pueden pesar demasiado cuando apenas se está aprendiendo a conocerse.

La comida familiar transcurre entre conversaciones amenas hasta que alguien hace una pregunta hacia el adolescente:

— ¿Ya pensaste qué vas a estudiar?

—Todavía no sé.

—Pues ya deberías ir pensando. Tu prima desde pequeña quería ser doctora.

Quizá quien pregunta solo intenta conversar o mostrar interés. Pero quien responde puede sentir que acaba de reprobar un examen. A partir de ese momento, parece que debe explicar por qué todavía no tiene decidido el resto de su vida.

Si te ha pasado, conviene decirlo con claridad: no saber todavía qué quieres hacer no significa que seas incapaz, flojo o que estés desperdiciando tu futuro. Significa que tienes una decisión por construir. Y construirla requiere experiencias, información y conversaciones, además de tiempo.

¿De verdad todos los demás ya saben?

Hay compañeros que hablan con seguridad de una carrera. Otros anuncian que emprenderán un negocio, estudiarán en el extranjero o vivirán de lo que les apasiona. En las redes sociales aparecen jóvenes que ganan dinero, viajan y parecen haber encontrado su lugar antes de terminar la escuela. Al mirar todo eso es fácil preguntarse: “¿Qué me pasa? ¿Por qué yo no tengo nada claro?”

Pero una publicación no cuenta una vida completa. No muestra necesariamente las dudas, los apoyos familiares, los intentos fallidos ni las circunstancias que hicieron posible ese logro. Comparar tu incertidumbre con la imagen exitosa que otra persona presenta de sí misma puede hacerte sentir atrasado sin una razón justa.

También hay quienes dicen saber lo que quieren y después cambian de opinión. Tener una respuesta firme hoy no garantiza que el camino será definitivo. Dudar tampoco impide encontrarlo.

Elegir el siguiente paso

La presión aumenta cuando una decisión se presenta como definitiva: «Piénsalo bien, porque de esto depende toda tu vida». Desde luego, elegir qué estudiar o cómo prepararte tiene consecuencias y merece atención. Pero ninguna elección permite anticipar todo lo que vendrá.

Puedes empezar con preguntas más cercanas: ¿qué actividades despiertan mi curiosidad?, ¿en cuáles disfruto esforzarme?, ¿qué me gustaría aprender aunque todavía no sea bueno en ello?, ¿qué opciones existen y cuáles están a mi alcance?

A veces se descubre más conversando con alguien sobre su trabajo cotidiano que viendo una lista de carreras. Un taller, un proyecto escolar, una visita a un centro de formación o una experiencia de servicio pueden ayudarte a reconocer intereses y también a descartar opciones.

No necesitas encontrar de inmediato una pasión extraordinaria. Puedes comenzar por algo que quieras explorar con seriedad. Tu tarea ahora puede ser conocer mejor el siguiente paso, aunque todavía no alcances a ver todo el camino.

Cuando la preocupación de los adultos se convierte en presión

A madres y padres les preocupa que sus hijos puedan sostenerse, encontrar oportunidades y evitar dificultades que ellos mismos conocieron. Esa preocupación merece ser escuchada. Sin embargo, puede expresarse de maneras que cierran la conversación.

“Con esas calificaciones no llegarás a nada” o “a tu edad yo ya trabajaba” solo logran acorralar al joven. Las comparaciones, incluso bien intencionadas, pueden hacer que el adolescente calle sus dudas para evitar otra discusión.

Una conversación más constructiva comienza con preguntas que permitan conocerlo y ayudarlo a conocerse: “¿Qué te interesa últimamente?”, “¿qué te cuesta decidir?” o “¿quieres que busquemos juntos algunas opciones?”. Después hace falta escuchar la respuesta con paciencia y sin corregirla inmediatamente.

Acompañar también incluye hablar de dinero, requisitos, esfuerzo y responsabilidades. Si una opción resulta costosa, conviene revisar becas, instituciones y alternativas concretas. Explicar las posibilidades financieras de la familia ayuda mucho más que descalificar una aspiración por costosa.

La sociedad también tiene una responsabilidad

No todos los adolescentes eligen desde las mismas condiciones. Hay quienes cuentan con orientación, recursos y tiempo para explorar; otros deben considerar el transporte, la falta de una escuela cercana, el cuidado de un familiar o la necesidad de aportar al hogar.

Por eso resulta injusto hablar del futuro como si dependiera únicamente de “echarle ganas”.  El esfuerzo personal importa, pero también importan las oportunidades disponibles.

Las escuelas pueden abrir espacios de orientación donde preguntar no dé vergüenza. Las familias pueden reconocer el valor de las distintas rutas de formación. Como sociedad, necesitamos dejar de medir la dignidad de una persona por el prestigio de su profesión o por cuánto gana.

Una conversación que sí puedes empezar

En ocasiones a un adolescente le cuesta trabajo tocar ciertos temas con padres. Si te cuesta hablar del tema, prueba decir algo concreto: “Sí me preocupa mi futuro. Cuando me comparan, me cuesta explicar lo que pienso. Quiero revisar opciones y necesito ayuda para empezar”.

Después puedes proponer una acción: buscar información esta semana, hablar con un orientador o conocer dos alternativas de estudio. Tener dudas y asumir responsabilidades pueden ir juntos.

Y si eres madre, padre o un adulto cercano, hay una frase que puede abrir esa puerta: “No tienes que darme todas las respuestas. Podemos empezar por lo que te interesa y lo que te preocupa”. Crecer exige tomar decisiones. Poder hablar de ellas con alguien que escucha hace más llevadero ese aprendizaje. Un adolescente necesita saber que su futuro merece atención y que su valor como persona ya existe, incluso mientras está descubriendo hacia dónde quiere ir.

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