Cuando pensamos en una familia con problemas, solemos imaginar situaciones graves: violencia, abandono, adicciones, separaciones dolorosas o conflictos que parecen no tener solución.
Sin embargo, una familia no comienza a deteriorarse necesariamente cuando aparece una crisis de esas dimensiones. Muchas veces el proceso empieza mucho antes y de manera casi imperceptible.
Empieza cuando dejamos de conversar porque siempre tenemos algo pendiente. Cuando suponemos que los demás saben que los queremos y dejamos de expresarlo. Cuando cada integrante comienza a vivir encerrado en sus propias preocupaciones. Cuando los conflictos pequeños se acumulan porque nunca encontramos el momento adecuado para hablar de ellos.
Nada de esto significa que exista una familia disfuncional. Son situaciones normales de la vida familiar. El problema aparece cuando aquello que era ocasional se convierte poco a poco en nuestra manera habitual de relacionarnos.
Por eso, antes de preguntarnos cómo reparar una familia profundamente lastimada, quizá convenga hacernos una pregunta anterior: ¿Qué podemos hacer hoy para conservar la capacidad de nuestra familia de quererse, acompañarse y resolver juntos las dificultades que inevitablemente llegarán?
Una familia funcional no es una familia perfecta
Una familia funcional no es aquella en la que nunca existen discusiones, diferencias, errores o momentos difíciles. Tampoco es aquella en la que los padres siempre saben qué hacer, los hijos obedecen constantemente y todos parecen vivir permanentemente en armonía. Esa familia probablemente no existe.
Una familia funcional es, más bien, aquella que conserva suficientes recursos interiores para enfrentar sus dificultades sin destruir los vínculos que unen a sus integrantes.
Puede haber desacuerdos, pero todavía pueden hablar. Puede haber enojo, pero el enojo no elimina el respeto. Puede haber errores, pero existe la posibilidad de reconocerlos. Puede haber heridas, pero también disposición para repararlas. Puede haber etapas difíciles, pero nadie tiene que enfrentarlas completamente solo.
La funcionalidad familiar, por tanto, no consiste en evitar los problemas. Consiste en aprender a atravesarlos sin dejar de reconocernos como familia. Esto cambia considerablemente nuestra manera de mirar la vida cotidiana.
Las familias también necesitan cuidados
Cuidamos aquello que consideramos valioso. Damos mantenimiento a nuestra casa, revisamos un automóvil antes de emprender un viaje, atendemos nuestra salud aun cuando no estamos gravemente enfermos, procuramos conservar aquello que sabemos que puede deteriorarse con el tiempo.
Sin embargo, con frecuencia esperamos que la familia funcione por sí misma sin necesidad de ajustes, sin darle mantenimiento porque suponemos que el amor basta. Y ciertamente el amor constituye una de sus bases fundamentales, pero incluso el amor necesita formas concretas de expresarse: tiempo, escucha, respeto, presencia, paciencia, límites, confianza y disposición para reconciliarnos.
Una pareja puede amarse y, sin embargo, comenzar a distanciarse. Un padre puede querer profundamente a su hijo y no advertir que hace mucho tiempo dejó de escucharlo. Un hijo puede querer a sus padres y comenzar a ocultarles aquello que realmente está viviendo. Dos hermanos pueden conservar el afecto y al mismo tiempo permitir que pequeños resentimientos permanezcan durante años.
No necesariamente falta amor. A veces lo que falta es cuidar la relación en la que ese amor debe poder manifestarse.
El deterioro casi nunca ocurre de un día para otro
Las familias atraviesan etapas. El matrimonio modifica la vida de dos personas. La llegada de los hijos transforma al matrimonio. Después vienen la escuela, la adolescencia, los cambios laborales, las dificultades económicas, las enfermedades, la partida de los hijos, el envejecimiento de los padres y muchas otras transiciones y cada una exige ajustes.
Decimos que cada etapa de la vida familiar es distinta porque, por ejemplo, la manera de relacionarnos que funcionaba cuando los hijos eran pequeños puede resultar insuficiente durante la adolescencia. O el matrimonio que durante años concentró prácticamente toda su atención en los hijos puede descubrir, cuando estos se marchan, que necesita aprender nuevamente a encontrarse.
Incluso acontecimientos positivos pueden alterar el equilibrio familiar, como cuando llega un nuevo hijo, cuando un hijo se gradúa en la universidad, o cuando uno de ellos se casa. Siempre la familia necesita adaptarse y ajustar. Por eso una familia saludable no permanece inmóvil: aprende a reorganizarse sin perder aquello que la mantiene unida.
Los problemas aparecen cuando dejamos de hacer esos ajustes. Entonces pueden comenzar pequeñas distancias: hablamos menos, escuchamos menos, suponemos más; preguntamos “a dónde fuiste” para controlar en lugar de preguntar para comprender; acumulamos asuntos pendientes; dejamos para después conversaciones importantes.
Ninguno de esos hechos aislados determina el destino de una familia, pero conviene observarlos, no para vivir preocupados, sino precisamente para evitar que algún día tengamos razones mayores para preocuparnos.
Mirar nuestra familia sin juzgarla
Tal vez mientras leemos estas líneas podamos reconocer alguna escena de nuestra propia casa. Quizá alguna vez hemos estado todos juntos alrededor de una mesa y, sin embargo, cada uno parecía encontrarse en un lugar distante.
Quizá uno de nuestros hijos quiso contarnos algo mientras nosotros pensábamos en el trabajo, en una deuda o simplemente mirábamos el teléfono. Tal vez nuestra pareja intentó iniciar una conversación que aplazamos para cuando hubiera más tiempo. O quizá somos nosotros quienes alguna vez hemos sentido que nadie preguntó cómo nos fue, qué nos preocupa o qué necesitamos.
No se trata de buscar culpables. En una familia, muchas distancias se construyen sin que nadie haya decidido construirlas, porque la vida se acelera, llegan responsabilidades, aparecen cansancios, cada persona comienza a resolver sus propios asuntos y un día podemos descubrir que vivimos juntos, pero compartimos menos.
Precisamente por eso vale la pena observar nuestra familia cuando todavía estamos a tiempo de cuidar lo que funciona.
Podemos preguntarnos con serenidad: ¿Nos conocemos hoy como realmente somos o como creemos que seguimos siendo? ¿Sabemos qué preocupa actualmente a nuestra pareja? ¿Sabemos qué entusiasma o inquieta a nuestros hijos? ¿Ellos saben qué sucede con nosotros? ¿En nuestra casa es posible equivocarse y después hablar de ello? ¿Podemos expresar un desacuerdo sin temor a que se convierta inmediatamente en una pelea?
No necesitamos responder perfectamente. Estas preguntas no son un examen sobre qué tan buenos padres, esposos, hijos o hermanos somos. Son simplemente una manera de mirar dónde estamos.
Podemos comenzar con algo muy sencillo
No necesitamos convocar una reunión familiar ni anunciar que a partir de hoy cambiaremos nuestra manera de relacionarnos. Quizá sea suficiente comenzar recuperando una conversación.
En algún momento tranquilo de esta semana podemos buscar a nuestra pareja, a uno de nuestros hijos, a nuestros padres o a algún integrante de nuestra familia y dedicarle unos minutos sin teléfono, televisión ni otra actividad simultánea. No para corregirlo ni para darle consejos. No para resolver inmediatamente algún problema sino simplemente para preguntarle cómo está y escuchar la respuesta.
Incluso podemos descubrir que al principio cuesta trabajo. Cuando durante mucho tiempo nuestras conversaciones han girado alrededor de horarios, pendientes, dinero, escuela o responsabilidades domésticas, volver a hablar de nosotros mismos puede resultar extraño, pero no importa. Las relaciones familiares también recuperan su cercanía mediante pequeños actos repetidos.
Una conversación no transformará por sí sola a una familia. Pero puede recordarnos algo fundamental: la familia no se conserva solamente porque vivimos bajo el mismo techo o porque nos queremos. También se conserva porque seguimos encontrándonos unos con otros.
Ese será nuestro punto de partida.
