Bienvenido a Cuentos para acompañar.
Hay momentos en la vida en los que las palabras parecen agotarse. Visitamos a un padre, a una madre, a un abuelo, a un amigo o a una persona que vive sola, y después de conversar un rato sentimos que ya no sabemos qué decir. Sin embargo, nuestra presencia sigue siendo importante.
Esta colección nació para esos momentos.
Cada historia ha sido escrita para leerse en voz alta, sin prisa, permitiendo que el relato despierte recuerdos, sonrisas, emociones o simplemente un silencio compartido. No son cuentos infantiles, sino relatos para el corazón, pensados para acompañar a los adultos mayores y a quienes desean regalarles uno de los bienes más valiosos: su tiempo.
Ojalá que, al terminar cada lectura, descubras que el cuento fue sólo el comienzo de una conversación, de un recuerdo o de un abrazo. Porque las historias terminan… pero la compañía permanece.
En un pequeño pueblo donde las tardes parecían caminar despacio, existía una vieja relojería de madera. Su dueño había muerto muchos años atrás, y desde entonces nadie volvió a abrir la puerta azul que daba a la calle principal.
Sin embargo, dentro del taller seguía latiendo un reloj.
Era un reloj de pared enorme, con caja de nogal y péndulo de bronce. Todos los demás relojes habían dejado de funcionar hacía mucho tiempo, pero él seguía marcando las horas con una paciencia admirable.
—¿Para qué sigues trabajando? —le preguntó una tarde una golondrina que entró por una ventana rota—. Ya nadie viene a mirarte.
El reloj respondió con la voz pausada que sólo tienen las cosas muy antiguas.
—Porque el tiempo no necesita quién lo mire.
La golondrina no entendió muy bien aquella respuesta y siguió su camino.
Cada estación traía nuevas visitas.
En primavera llegaban los rayos de sol que se colaban entre las cortinas polvorientas.
En verano entraba el aroma de los jazmines del patio.
En otoño las hojas secas cruzaban el piso de madera como pequeñas embarcaciones.
En invierno el viento silbaba entre las rendijas.
Y el reloj seguía marcando las horas.
Tac…
Tac…
Tac…
Los años pasaron.
Una mañana apareció un niño.
No tendría más de nueve años. Caminaba de la mano de su abuelo, quien avanzaba despacio apoyándose en un bastón.
Al pasar frente a la vieja relojería, el niño preguntó:
—Abuelo, ¿alguna vez estuvo abierta esa tienda?
El anciano sonrió.
—Claro. Aquí compré el reloj que tu abuela puso en la sala el día que nos casamos.
El niño abrió mucho los ojos.
—¿Y todavía funciona?
—Sí.
—¿Cómo puede durar tanto?
El abuelo guardó silencio unos segundos.
Después respondió:
—Porque cada día alguien le da cuerda.
Aquellas palabras parecieron atravesar la ventana y llegar hasta el viejo reloj del taller.
Por primera vez en muchos años sintió una inmensa alegría.
No porque alguien fuera a rescatarlo.
No porque fueran a limpiarlo.
Sino porque había recordado algo importante.
Los relojes no viven sólo por sus engranes.
Viven porque forman parte de la historia de alguien.
Aquella noche el reloj dejó de sentirse solo.
Los días siguieron pasando.
Una semana después regresaron el niño y el abuelo.
Traían una llave antigua.
Habían encontrado entre los papeles familiares un pequeño llavero con una etiqueta que decía:
“Relojería Don Esteban.”
La llave abrió la puerta.
El polvo salió danzando en la luz de la mañana.
El niño caminó maravillado entre cientos de relojes inmóviles.
—¡Mira cuántos!
El abuelo pasó lentamente la mano sobre una mesa.
—Cada uno acompañó la vida de una familia.
Había relojes que despertaban panaderos.
Otros anunciaban la hora del recreo en una escuela.
Uno había viajado en barco.
Otro había permanecido durante décadas sobre una chimenea.
Cada uno guardaba historias invisibles.
El niño llegó hasta el gran reloj de pared.
—Éste todavía funciona…
Tac…
Tac…
Tac…
El abuelo levantó la vista.
Sus ojos se humedecieron.
—Es el maestro de todos.
Durante unos minutos ninguno habló.
Escuchaban únicamente el péndulo.
Era un sonido extraño.
No parecía medir el tiempo.
Parecía medir la vida.
Antes de marcharse, el abuelo dio cuerda al reloj.
Con mucho cuidado.
Como quien saluda a un viejo amigo.
Desde entonces comenzaron a visitarlo todos los sábados.
Limpiaban un reloj distinto.
Anotaban la historia que imaginaban para él.
A veces inventaban nombres.
Otras veces suponían quién lo habría regalado.
La vieja relojería volvió a llenarse de risas.
Poco a poco otros vecinos comenzaron a entrar.
Uno llevó herramientas.
Otro reparó una ventana.
Una señora cosió las cortinas.
Los jóvenes pintaron la fachada azul.
Sin darse cuenta, no sólo estaban arreglando relojes.
Estaban reparando un lugar donde el tiempo volvía a ser amigo de las personas.
Muchos años después, cuando el niño ya era un hombre, alguien le preguntó por qué había dedicado su vida a restaurar relojes antiguos.
Él sonrió.
—Porque aprendí que las personas somos un poco como ellos.
Todos creemos que lo más importante es seguir avanzando.
Pero llega un momento en que descubrimos que también es hermoso esperar.
Esperar una visita.
Esperar una conversación.
Esperar una sonrisa.
Esperar un abrazo.
Los relojes enseñan que cada minuto vale.
Pero los viejos relojes enseñan algo todavía más importante.
Que nunca es tarde para volver a dar cuerda al corazón.
Y cuentan que, cuando el pueblo duerme y todo queda en silencio, desde aquella relojería todavía puede escucharse un sonido suave y constante.
Tac…
Tac…
Tac…
No recuerda las horas que han pasado.
Recuerda todas las vidas que han encontrado un motivo para seguir caminando.
Cuentos para acompañar
Historias creadas para acompañar corazones.
Colección Familia y Vida
