Hay una pregunta que muchos jóvenes cargan en silencio: ¿Y si estoy perdiendo el tiempo?
No siempre se dice en voz alta. A veces aparece cuando un amigo anuncia que consiguió el trabajo de sus sueños, cuando alguien publica las fotos de un viaje, cuando otro presume su emprendimiento o cuando una pareja anuncia que se va a casar.
De pronto, parece que todos avanzan menos tú. Entonces llega la comparación. “Yo todavía no sé qué quiero estudiar”, “No sé si elegí bien mi carrera”, “No encuentro trabajo”, “No sé si quiero vivir aquí toda la vida”, “No sé si algún día formaré una familia”
Las redes sociales no ayudan mucho. Ahí casi nadie publica las dudas, los rechazos, las noches de incertidumbre o los cambios de planes. En la redes lo que vemos es el resultado final: la graduación, el nuevo empleo, el viaje, la boda, el éxito, pero nunca nadie publica la etapa en que uno se sumerge en dudas, en batallas, en derrotas.
Es fácil olvidar que detrás de cada fotografía también hubo miedo.
Existe una idea muy extendida de que a los veinte años ya deberíamos tener un plan perfectamente definido: saber qué profesión ejerceremos, cuánto dinero queremos ganar, dónde viviremos, con quién compartiremos la vida y cuáles serán nuestras metas.
Pero la realidad suele ser mucho menos ordenada.
Hay quienes descubren su verdadera vocación profesional después de cambiar varias veces de carrera. Otros encuentran el trabajo que aman cuando ya habían renunciado a buscarlo. Algunos conocen a la persona con quien compartirán su vida mucho tiempo después de lo que imaginaban. Y también hay quienes comienzan de nuevo cuando parecía que todo estaba decidido. Sin embargo eso no significa haber fracasado. Significa estar viviendo.
La juventud no es un examen donde debas entregar todas las respuestas antes de cumplir cierta edad. Es una etapa para explorar, aprender, equivocarte, corregir el rumbo y conocerte mejor.
De hecho, muchas de las decisiones más importantes no nacen de tener todas las certezas, sino de atreverse a dar el siguiente paso aun cuando todavía existan dudas.
Claro que es bueno tener metas. Claro que vale la pena esforzarse y construir un proyecto de vida. Pero una cosa es caminar hacia un objetivo y otra muy distinta vivir angustiado porque sientes que vas retrasado respecto de los demás.
Cada historia tiene su propio ritmo. Comparar tu capítulo dos con el capítulo diez de otra persona casi siempre termina siendo injusto.
Si hoy sientes que no sabes exactamente qué hacer con tu vida, quizá no sea una señal de que algo anda mal. Tal vez simplemente estás atravesando una etapa que millones de personas han vivido antes que tú y de la que también salieron adelante.
No necesitas tener resuelto todo tu futuro para empezar a construirlo. A veces basta con responder una pregunta mucho más sencilla: ¿Cuál es el siguiente paso correcto que puedo dar hoy? Porque la vida rara vez se descubre de golpe. Casi siempre se va revelando mientras la caminamos.
Y quizá algún día mires hacia atrás y descubras que aquello que hoy llamabas incertidumbre fue, en realidad, el camino que te llevó exactamente al lugar donde necesitabas llegar.
