La santidad es un llamado a vivir en el amor

Todo hijo de Dios debe comprender que está llamado a vivir en santidad, y que el llamado a ser eternamente santos, como santo es el que nos llamó (1 Pedro 1,15), nos sitúa en el horizonte de una vida conforme al designio divino de ser perfectos en el amor.

Jesús nos invita a seguir su camino hacia la plenitud: “Sean perfectos como su Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5, 48), y la perfección sólo puede comprenderse en el marco de la santidad. Es claro que todos los hijos de Dios están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en el amor.

Nadie que realmente quiera ser cristiano puede considerarse exento del imperativo de aspirar a la santidad. No hay excusa (como las atracciones del mundo) para desoír el llamado a caminar hacia la plenitud, hacia la felicidad plena, hacia la santidad.

Dios nos llama a la santidad y podemos responder con un “no”, pero ese “no”, te cierra la puerta al destino que Dios te tiene preparado; decir no significa renunciar a la felicidad, y en el fondo significa optar por la muerte. Decir “no” al llamado de Dios a la santidad, es rechazar la Vida que Jesús nos ofrece, es el anti-amor, es la anti-vida.

Decir “sí”, en cambio, es optar por vivir en el amor, porque la santidad es el amor, la santidad es la vida; decir “sí” es luchar todos los días por amar a Dios con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22, 37-39).

Cada uno de los cristianos debe buscar santificarse en su propio estado, los llamados a la soltería no han de vivir en fornicación para vivir entregados al Evangelio, y los llamados al matrimonio deben vivir la plenitud del amor con su pareja, deben vivir la santidad en el matrimonio.

El cristiano que realmente aspira a ser coherente debe vivir según la fe en todos los momentos de su vida, nutriéndose de la Palabra y viviendo su vida en la presencia de Dios, en espíritu de oración, aspirando constantemente a la perfección en el amor en su circunstancia concreta, en su condición de vida.

Es verdad que al final de cuentas la santidad es estar bien delante de Dios, pero ¿cómo puedes estar bien delante de Dios si le eres infiel a tu esposa, si no amas al prójimo, si no te compadeces del dolor ajeno? La perfección en tu matrimonio y en tu relación con Dios, es un signo de tu obediencia al llamado a la santidad. 

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