Hay algo que a veces se pasa por alto cuando hablamos del riesgo de que los jóvenes sean atraídos por caminos destructivos. Nos concentramos en lo que ocurre afuera —la violencia, los grupos delincuenciales, las condiciones sociales—, pero no siempre miramos con suficiente atención lo que ocurre dentro del hogar, aunque ahí se juega algo decisivo.
Porque un joven no solo crece entre consejos, reglas o advertencias. Crece, sobre todo, en un ambiente moral. Aprende a mirar la vida desde lo que ve en casa, desde lo que se comenta en la mesa, desde lo que se aprueba o se deja pasar. Y en ese sentido, hay una pregunta que vale la pena hacernos con honestidad: ¿en nuestro hogar, el mal sigue siendo mal… o ya lo hemos empezado a normalizar?
No es un tema menor. Cuando la delincuencia deja de escandalizar, cuando se vuelve parte del paisaje, algo se mueve también en el interior de los jóvenes. Tal vez no de forma inmediata, tal vez no de manera consciente, pero sí profunda. Frases que parecen inofensivas, como “así es la vida”, “todos lo hacen” o “mientras no nos afecte no pasa nada”, van creando poco a poco una forma de entender la realidad donde cruzar ciertas líneas ya no parece tan grave.
Y entonces, sin darnos cuenta, el joven empieza a crecer en un mundo donde el mal no desaparece, pero sí pierde peso. Hay hogares donde el mal ya no indigna, no se cuestiona, no duele. Simplemente está ahí, como una opción más.
Por eso es tan importante la vida íntegra de los padres y de la familia en general. No porque sean perfectos, sino porque son referencia. Los hijos observan mucho más de lo que parece. Perciben si en casa se respeta lo ajeno, si se cumple la palabra, si se rechaza lo injusto incluso cuando nadie está mirando. Pero también perciben lo contrario: cuando se justifican pequeñas deshonestidades, cuando se admira al que “se salió con la suya”, cuando el dinero se vuelve más importante que la forma en que se obtiene.
La coherencia no se enseña con discursos, más bien se transmite con la vida. Y junto con esa coherencia, hay algo que conviene cuidar: la capacidad de asombro moral. Es muy importante que en la familia no nos acostumbremos al mal. No dejar de decir, con sencillez pero con firmeza, “esto está mal y no debería ser así”. Hablarlo en casa, ponerle rostro humano a las consecuencias, recordar que detrás de cada acto de violencia hay vidas rotas, familias heridas, historias truncadas.
No se trata de vivir alarmados ni de llenar a los jóvenes de miedo, sino de ayudarles a formar criterio. Un criterio que no dependa del ambiente, ni de la presión de otros, ni de la oportunidad del momento, sino de una convicción interior que les permita distinguir con claridad.
Porque al final, llegará el momento en que nadie esté mirando. Tal vez una propuesta, una invitación, una presión. Y en ese instante, no serán las reglas las que decidan, sino lo que el joven lleva dentro.
Si en su vida ha aprendido que todo se negocia, probablemente negociará. Pero si ha crecido en un hogar donde el bien se vive con honestidad y el mal no se disfraza, tendrá algo mucho más fuerte que el miedo: tendrá claridad y convicción.
Y esa claridad y convicción, en medio de un mundo que muchas veces confunde, puede ser la diferencia entre perderse… o mantenerse en la linea de la honestidad.
