domingo, febrero 1, 2026
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Educar a hijos en la no discriminación es una responsabilidad que empieza en casa

Discriminamos cuando enseñamos a clasificar a las personas por su apariencia, su origen o su condición económica; no discriminamos cuando, con palabras, actitudes y decisiones cotidianas que se aprenden en casa, educamos a nuestros hijos a reconocer la misma dignidad en todos,.

La discriminación no aparece de la nada. No surge espontáneamente en la escuela ni se aprende solo en la calle. La discriminación se aprende —o se desaprende— principalmente en casa. Por eso, cuando un niño excluye, humilla o se burla de otro por su apariencia, su origen o su condición económica, no basta con señalar a la escuela o a la sociedad: es necesario que los padres nos miremos con honestidad.

Para formar hijos que no discriminen necesitamos educar la forma como miramos a los demás, el lenguaje que utilizamos y nuestras actitudes cotidianas en la sociedad. Los niños observan con enorme atención cómo hablamos de los demás, a quién respetamos, a quién ridiculizamos y a quién ignoramos. De hecho antes de aprender conceptos, los niños aprenden de nuestro ejemplo.

Un hijo aprende a discriminar cuando escucha comentarios despectivos sobre personas pobres, migrantes, “de diferente color de piel” o que creemos “inferiores”. Aprende a excluir a otros cuando ve que el éxito, la apariencia o el estatus valen más que la dignidad de las personas. Aprende a callar ante la injusticia cuando los adultos normalizamos la burla o minimizamos el daño diciendo “así son los niños” cuando los escuchamos burlarse de otros.

Pero también —y esto es clave— un hijo aprende a respetar cuando ve coherencia, cuando observa que en casa se habla con respeto de todos, cuando se corrige una burla, cuando se enseña que nadie vale menos por cómo viste, por su color de piel o por el dinero que tiene. Aprende a dar valor a las personas cuando se muestra, con hechos, que la dignidad humana no se discute porque está por encima de todo.

La escuela es un espacio decisivo, pero no autónomo. Ninguna campaña escolar puede sustituir la formación ética del hogar. Los valores no se delegan. Si los padres no enseñamos a nuestros hijos a reconocer la dignidad del otro, alguien más les enseñará a clasificar, excluir o dominar.

Educar en la no discriminación también implica enseñar a ponerse del lado correcto: no solo a no agredir, sino a no ser cómplices silenciosos. Un hijo bien formado no es el que “no molesta”, sino el que sabe decir: “eso no está bien”, incluso cuando la mayoría calla.

Formar hijos que respeten exige revisión personal, corrección constante y, a veces, reconocer errores propios. Pero es una tarea urgente porque la sociedad ha estado contaminándose de antivalores que atentan contra la dignidad de quienes son considerados “inferiores”.

Una sociedad más justa no empieza en las leyes ni en los discursos, empieza dentro de la casa, en la sala y en la mesa en que se reúne y conversa la familia

La pregunta que debemos hacernos no es si nuestros hijos viven en un mundo discriminatorio —eso es un hecho—, sino si los estamos preparando para reproducirlo o para transformarlo. En esa respuesta se juega el tipo de sociedad que estamos ayudando a construir.

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