Las familias que viven con la discapacidad no son héroes ni modelos a imitar. Son familias reales que enfrentan una realidad no elegida y que aprenden, día a día, a vivirla con aciertos y errores. Su experiencia recuerda que la dignidad de una persona no depende de su nivel de autonomía, productividad o capacidad de razonamiento.
En toda familia hay desacuerdos, palabras mal dichas y heridas que duelen. El problema no es el conflicto, sino lo que hacemos con él. Cuando falta el respeto, el diálogo y el perdón, la convivencia se enfría y el amor se resiente. Aprender a reconciliarnos es una de las tareas más urgentes del hogar.