viernes, agosto 29, 2025
HomeFamilia“Ya está servido”: la expresión cotidiana del amor

“Ya está servido”: la expresión cotidiana del amor

Nos hemos vuelto ciegos ante el milagro más cercano. El servicio de una madre, de una esposa, lo confundimos con rutina, con deber, con “lo normal”. Como si cocinar, limpiar, planear, ordenar, fuera parte de una naturaleza y no de un acto de amor. Pero en ese aparente hábito late una entrega silenciosa que mantiene en pie a la familia.

Todo comienza antes de que nadie lo note. Ella piensa los menús como un poeta piensa las palabras: combina, anticipa, crea. Revisa la despensa como quien examina un cofre con tesoros; planea en su mente el mapa de la semana. Y luego emprende la caminata por los pasillos del mercado: siete papas, una sandía, una papaya, arroz, especias. Cada elección es una ofrenda. Cada alimento tiene ya un destino, una sonrisa que arrancar, un cuerpo que nutrir, un corazón que sostener.

Regresa a casa y guarda en silencio el botín: ordena, clasifica, acomoda. No lo hace para sí, sino para todos. Y al día siguiente, tras haber dado la batalla contra el polvo, la ropa, los cuartos desordenados, entra en la cocina: su altar, su taller, su laboratorio. Allí hierve el agua como un canto de inicio. 

Se corta la cebolla y llora la casa con ella. Se mezclan sabores, se encienden especias. El aire se impregna de futuros recuerdos: el guiso que se convertirá en la memoria de un hijo pequeño, en la nostalgia de un adulto, en la certeza de que alguien lo amó.

Entonces su voz, tantas veces repetida, se escucha como campana que convoca:

Ya voy a servir”.

Ya está servido”.

Está servido y no quiero que se enfríe”.

Palabras simples, dichas quizá con impaciencia, pero que encierran la esencia misma del amor: servir. Dar de sí, gastar la vida para que otros vivan mejor. Servir no es cocinar solamente: servir es unir.

Servir es sentar a la familia alrededor de una mesa, es abrir espacio para la conversación, es la misteriosa fuerza que mantiene unido un hogar.

Y, sin embargo, cuántas veces recibimos ese milagro con frialdad. Nos levantamos de la mesa sin agradecer, como si lo servido no costara nada. Dejamos los platos y las cacerolas como si fueran fantasmas que se limpian solos. Tomamos como rutina lo que es sacrificio, lo que es donación.

Porque servir no es ser esclava, es una vida de donación a la familia. Y el verdadero homenaje no se hace con un ramo de flores una vez al año, sino con la decisión diaria de acompañar. Acompañar en el supermercado, en la cocina, en el orden de la casa.

El verdadero homenaje es preguntar siempre: “¿en qué te ayudo?”. Levantar los platos, lavar los trastes, ordenar el cuarto, repartir la carga. Porque amar no es mirar desde la mesa cómo otros se desgastan, sino ponerse de pie para compartir la fatiga.

“Ya está servido” no es sólo un aviso. Es una revelación: aquí hay alguien que ha dado un servicio, que se ha entregado por amor. Y quien escucha esas palabras debería sentirse convocado no solo a comer, sino a corresponder.

Si un día logramos despertar a esta verdad, ya no podremos seguir siendo los mismos. Entenderemos que cada guiso es un acto de servicio, cada comida un sacramento cotidiano del amor. Y entonces, quizás, nuestras madres y esposas no serán sólo las que “sirven la mesa”, sino las que nos han enseñado, con sus manos cansadas, el verdadero sentido de servir.

RELATED ARTICLES

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here

- Advertisment -

Most Popular

Recent Comments