En cada barrio hay una realidad que duele: la de los adultos mayores que viven solos, sin hijos cerca, sin nietos que los visiten, sin alguien que toque a su puerta para preguntar cómo amanecieron.
Esa realidad es más fuerte que cualquier achaque de la edad, porque se convierte en una fragilidad invisible que los expone al accidente, a la enfermedad y, en el peor de los casos, a morir sin compañía.
Lo que algunos especialistas han señalado —y con razón— es que hacen falta programas inclusivos y comunitarios que den seguimiento a quienes no cuentan con una red de apoyo. Pero más allá de la política pública, está el llamado profundo a la conciencia social: no podemos permitir que la vejez se viva como un desierto.
La vejez no significa abandono, sino la oportunidad de darles un vínculo
Es cierto que muchas familias se mantienen cercanas y responsables con sus adultos mayores. Sin embargo, existen también los casos en que la migración, la pobreza, los errores del pasado o la simple indiferencia dejan a los abuelos solos.
No siempre se trata de un abandono intencional; a veces es la vida misma que separa. Pero incluso así, la sociedad entera debería ser ese tejido de cuidado que nadie puede sustituir.
La pregunta es: ¿cómo logramos que la vejez sea sinónimo de dignidad y no de olvido?
Comunidad que cuida
No basta con esperar que el gobierno genere programas de visita domiciliaria o monitoreo. También es urgente que la comunidad se organice: vecinos que se preocupen unos por otros, iglesias que creen pastorales de acompañamiento, escuelas que impulsen a jóvenes al servicio de los mayores, asociaciones que inventen maneras sencillas de estar cerca. Un timbre tocado en la casa de un adulto mayor, si es oportuno, puede salvar una vida.
El valor de los mayores en la familia
Cuando los abuelos están presentes, transmiten memoria, fe, valores y experiencia. Son el puente entre generaciones. Cuando los dejamos solos, no solo ellos pierden, también perdemos como sociedad. Una familia que aprende a cuidar a sus mayores, aprende también a cuidar de sus niños, a cuidar de los frágiles, a cuidar de todos.
Sensibilidad y voluntad
La verdadera pregunta no es si existen programas o si hay recursos suficientes. La verdadera pregunta es si todavía tenemos la sensibilidad y la voluntad de no dejar solos a los que nos precedieron. La vejez debería ser tiempo de gratitud y reconocimiento, no de silencio y soledad.
Si logramos que cada hogar, cada comunidad, cada iglesia y cada autoridad se comprometan en esta tarea, la vida de nuestros adultos mayores será un canto a la esperanza, y no un eco perdido en la indiferencia.